¿Qué define nuestros comportamientos?
Las personas con trauma no sanado sienten confusión, frustración o vergüenza por sus propios comportamientos. A menudo, sienten que no tienen control sobre ellos, o que les resulta imposible cambiarlos, incluso cuando lo desean. En algunos casos, ni siquiera son conscientes de que sus acciones son dañinas y contribuyen a otras dificultades en sus vidas.
Es útil recordar que todo comportamiento tiene una razón de ser. Nuestras acciones están influenciadas por una serie de factores, incluso si no somos plenamente conscientes de ellos. Algunos de estos elementos son:
- Nuestra personalidad
- Cómo nos adaptamos a nuestro entorno
- Lo que aprendimos de nuestros cuidadores
- Las conductas que observamos en otros
- Las experiencias directas que hemos vivido
- Nuestras emociones
¿Cuándo se vuelve un comportamiento dañino?
Un comportamiento se vuelve dañino cuando comienza a tener consecuencias negativas en nuestra salud física o mental. A veces, no comprendemos por qué actuamos de cierta manera, incluso si esas acciones nos causan problemas a largo plazo.
A menudo, estos comportamientos son impulsados por el sistema límbico de nuestro cerebro, la parte que responde de forma instintiva al percibir un peligro. Cuando el sistema límbico se activa, nos impulsa a buscar seguridad, ya sea física o emocional.
Esta respuesta es vital para protegernos en situaciones de riesgo. Sin embargo, puede volverse problemática cuando el sistema límbico permanece en un estado de alerta máxima incluso sin una amenaza real. Este tipo de hipervigilancia es común en personas que han sufrido un trauma, como el abuso sexual infantil.
La relación entre el trauma y los comportamientos dañinos
El sistema límbico traumado a menudo reacciona a lo que percibe como una amenaza, incluso si no existe. Estas amenazas percibidas, ligadas a un trauma pasado, son lo que conocemos como detonantes. Cuando el sistema límbico se activa, nos lleva a comportamientos, mecanismos de defensa, que en el pasado nos ayudaron a sentirnos seguros o a encontrar alivio.
Aunque algunos de estos comportamientos, mecanismos de defensa, pudieron ser útiles en su momento, a largo plazo pueden volverse disfuncionales y causar más sufrimiento. Por ejemplo, la disociación pudo haberte ayudado a sobrellevar el abuso cuando eras joven, pero disociarte durante una reunión de trabajo en la adultez puede generar más ansiedad y problemas.
Esto se agrava si un sobreviviente recurre a un comportamiento perjudicial cada vez que el sistema límbico se activa, creando una dependencia de mecanismos de defensa que ofrecen un alivio temporal, pero que causan más angustia a futuro. Por ejemplo, dormir para descansar un día está bien, pero dormir horas y horas como escape emocional no es útil y puede traer problemas como el aislamiento o el descuido de responsabilidades.