La importancia de la relación con tu cuerpo.
Casi todos, en algún momento, nos hemos sentido incómodos o insatisfechos con nuestro cuerpo. Este desagrado, crítica o incluso resentimiento puede venir de muchos lugares: los ideales de belleza poco realistas que vemos en los medios, las expectativas de nuestras familias o la sociedad, o los prejuicios contra diferentes tonos de piel, rasgos o tipos de cuerpo.
Dado que nuestro cuerpo y nuestra mente están profundamente conectados, las percepciones negativas pueden afectar otras áreas de nuestra vida, como la autoestima, la autocompasión y nuestro bienestar general. Esos sentimientos pueden hacernos perder de vista la función de nuestro cuerpo y todo lo que es capaz de hacer.
Aunque la mayoría de las personas experimenta cierto grado de descontento con su cuerpo, para las personas con trauma infantil (incluimos la adolescencia dentro de este tipo de trauma), este conflicto y tensión pueden ser mucho más intensos.
El impacto del trauma infantil en la relación con el cuerpo
El trauma infantil se aloja tanto en el cerebro como en el cuerpo. Cuando este trauma ocurre a una edad temprana, mientras el cerebro y el cuerpo aún se están desarrollando, puede ser especialmente devastador. En muchos casos, el trauma sucede antes o durante la pubertad, antes de que el niño o adolescente entienda la consciencia corporal. Aunque el cuerpo tiene reacciones fisiológicas normales, por ejemplo, con los estímulos sexuales, un sobreviviente al trauma de abuso puede sentirse confundido o avergonzado por la forma en que su cuerpo reaccionó durante el abuso, interpretando esas respuestas naturales como una traición.
Independientemente de la edad, el abuso físico (entenderemos en todo el texto abuso físico, tanto malos tratos como abuso sexual) es una violación de la autonomía corporal. Para un niño o adolescente que aún está formando su relación con su propio cuerpo, esta violación puede ser particularmente desorientadora, dejando una marca profunda.
Los sentimientos de confusión, vergüenza, miedo y traición pueden persistir en el cuerpo por años, incluso décadas después de que el abuso haya terminado. El trauma físico, emocional y sexual de la juventud puede seguir afectando la relación de una persona con su propio cuerpo en la edad adulta.